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Las palabras que no usamos todos los días viven en los cuentos

¿De dónde sacan los niños esas palabras que nunca les hemos enseñado? La respuesta puede estar escondida entre las páginas de un cuento

Hay un momento especialmente divertido en la vida de cualquier familia: ese día en que un niño pequeño utiliza una palabra que nadie recuerda haberle enseñado.

“Mamá, esto es absolutamente inaceptable”.

O quizá: “Obviamente, hoy no pienso recoger los juguetes”.

Y uno se queda mirándolo, intentando averiguar en qué momento ese niño de cuatro años empezó a expresarse como un pequeño abogado en plena negociación.

¿De dónde ha salido esa palabra?

Puede haberla escuchado en casa, en el colegio, en una conversación entre adultos o en algún programa infantil. Pero existe otra posibilidad particularmente interesante: que la haya encontrado dentro de un cuento.

Porque los libros infantiles esconden algo que a menudo pasa desapercibido. Además de personajes, aventuras e ilustraciones, contienen palabras que quizá no utilizamos demasiado en nuestra vida cotidiana.

Y la ciencia lleva años investigando qué papel pueden desempeñar esas palabras en el desarrollo del lenguaje infantil.

No hablamos igual que escribimos

Pensemos en cómo transcurre una mañana cualquiera con niños pequeños.

“Ponte los zapatos”.

“¿Dónde has dejado la mochila?”.

“Date prisa, que llegamos tarde”.

“¿Quieres agua?”.

Las conversaciones cotidianas están llenas de palabras útiles, necesarias y estrechamente relacionadas con lo que hacemos en cada momento. Gracias a ellas, los niños aprenden a comunicarse, expresar necesidades, compartir experiencias y relacionarse con los demás.

Pero nuestro lenguaje habitual también tiene ciertas limitaciones: tendemos a repetir muchas palabras y expresiones, especialmente cuando hablamos de las mismas rutinas.

Los cuentos, en cambio, pueden llevarnos a situaciones que rara vez aparecen durante el desayuno.

Un personaje se escabulle por una puerta. Otro contempla algo asombrado. Alguien avanza sigilosamente por un bosque, descubre un refugio o se siente profundamente desconcertado.

Son palabras que también podemos utilizar al hablar, por supuesto. Pero las historias crean oportunidades para encontrarnos con ellas en contextos diferentes.

Y no se trata únicamente de aprender nombres de objetos.

Los cuentos también pueden acercar a los niños a palabras que expresan emociones, describen acciones con mayor precisión o permiten establecer relaciones entre acontecimientos.

No es exactamente lo mismo estar triste que decepcionado. Ni estar enfadado que indignado.

Cuantas más palabras conocemos, más posibilidades tenemos de expresar matices y comprender lo que otros nos cuentan.

Un estudio que encontró algo interesante entre las páginas:

En 2015, tres investigadores de la Universidad de Indiana (Estados Unidos) —Jessica Montag, Michael Jones y Linda Smith— publicaron en la revista Psychological Science un estudio titulado The Words Children Hear: Picture Books and the Statistics for Language Learning (1).

Su pregunta era sencilla: ¿ofrecen los libros ilustrados infantiles una variedad de palabras diferente de la que los niños escuchan en las conversaciones habituales?

Para investigarlo, analizaron el texto de 100 libros ilustrados infantiles y lo compararon con muestras equivalentes de lenguaje dirigido a niños.

El resultado fue revelador: los libros contenían una mayor diversidad de palabras diferentes que las conversaciones con las que se compararon.

Es decir, en una cantidad comparable de lenguaje, los cuentos ofrecían más variedad léxica.

Este hallazgo no demuestra que los niños aprendan automáticamente todas esas palabras. Tampoco significa que cualquier libro sea lingüísticamente más rico que cualquier conversación.

Pero sí identifica una característica valiosa de los cuentos: pueden ampliar la variedad del lenguaje al que están expuestos los niños.

Y eso resulta especialmente interesante durante los primeros años, cuando el vocabulario está creciendo y cada nueva palabra abre posibilidades para comprender y explicar el mundo.

Conviene recordar, además, que aquel estudio se realizó con materiales en inglés. Sus resultados no deben trasladarse mecánicamente a todos los libros y lenguas, aunque plantean una pregunta relevante también para la literatura infantil en español.

Escuchar una palabra no significa haberla aprendido.

Aquí aparece una distinción importante.

Imaginemos que un niño escucha por primera vez la palabra sigiloso mientras leemos un cuento.

Quizá comprende, gracias a la ilustración, que el personaje está intentando moverse sin hacer ruido.

Puede que recuerde la palabra unos minutos después. O que al día siguiente ya no sepa qué significa.

Incluso podría reconocerla cuando vuelve a escucharla, pero todavía no utilizarla espontáneamente.

Conocer una palabra no es un proceso de todo o nada.

Existe una diferencia entre reconocerla, comprender su significado y ser capaz de utilizarla adecuadamente.

Por eso, la simple aparición de una palabra en un cuento no garantiza que pase a formar parte del vocabulario del niño.

Sin embargo, las historias ofrecen algo muy interesante: un contexto.

Una palabra desconocida no aparece necesariamente aislada, como en una lista que hay que memorizar. Forma parte de una acción, una emoción o un acontecimiento. Y, en los libros ilustrados, las imágenes pueden aportar pistas adicionales.

Si el personaje camina sigilosamente porque no quiere despertar a un dragón, el niño dispone de más información para aproximarse al significado de sigilosamente.

La historia puede ayudarle a construir esa primera comprensión.

Y si vuelve a encontrar la palabra en otros momentos, tendrá nuevas oportunidades de consolidarla.

¿Qué ocurre cuando leemos juntos?

En 2018, los investigadores Zoe Flack, Andy Field y Jessica Horst publicaron en Developmental Psychology un metaanálisis que reunió 38 estudios con un total de 2.455 niños (2).

Su objetivo era examinar cómo aprenden palabras nuevas los niños pequeños durante la lectura compartida y qué factores influyen en ese aprendizaje.

Los investigadores analizaron aspectos como la repetición de las historias, la frecuencia con la que aparecían determinadas palabras y las distintas formas de compartir los cuentos.

El trabajo mostró que el aprendizaje de vocabulario a través de los libros es un fenómeno que puede observarse experimentalmente, pero también que los resultados dependen de las condiciones de lectura.

Uno de sus hallazgos resulta especialmente revelador: los niños aprendían más palabras cuando el adulto no se limitaba a leer el texto tal cual, sino que añadía algo más, como señalar las ilustraciones, comentar lo que ocurría o explicar el significado de alguna palabra. Es lo que los investigadores llaman lectura dialógica. En cambio, ni la edad de los niños ni quién les leía el cuento parecían influir en los resultados.

Esto nos lleva a una cuestión interesante: no es lo mismo leerle un cuento a un niño que conversar con él alrededor de ese cuento.

Imaginemos que encontramos la palabra desconcertado.

Podemos seguir leyendo y dejar que el niño interprete lo que ocurre.

También podemos detenernos brevemente:

“¡Mira qué cara pone! Parece que no entiende qué está pasando. Está desconcertado”.

O quizá sea el propio niño quien pregunte:

“¿Qué significa desconcertado?”.

En cualquiera de esos casos, el libro se convierte en el punto de partida de una conversación.

No hace falta transformar cada página en una lección de vocabulario. A veces basta con responder a una pregunta, señalar un detalle o utilizar una palabra nueva de forma natural.

La conversación puede ayudar a dar significado a lo que aparece escrito.

Y lo más interesante es que ese intercambio no tiene por qué terminar cuando cerramos el libro.

Al día siguiente, cuando algo inesperado sucede, quizá podamos recuperar aquella palabra:

“¡Vaya! Nos hemos quedado desconcertados”.

La palabra empieza entonces a formar parte de nuevas situaciones, más allá de la historia donde apareció por primera vez.

Los cuentos nos llevan a lugares donde también viven otras palabras

Hay otra razón por la que los libros pueden resultar especialmente interesantes para el desarrollo del vocabulario: nos permiten hablar de cosas que no están delante de nosotros.

Durante una conversación cotidiana, muchas veces nos referimos a objetos, personas y situaciones que podemos ver.

Un cuento, en cambio, puede trasladarnos a un mercado de Pekín, una calle de París o un lugar imaginario.

De pronto hablamos de costumbres diferentes, objetos desconocidos, paisajes lejanos o acontecimientos que nunca hemos vivido.

Las palabras aparecen vinculadas a experiencias que quizá no tendríamos ocasión de conocer de otro modo.

Y aquí está una de las ideas que más nos gustan en Max y Jovi: los cuentos pueden abrir conversaciones sobre mundos que están mucho más allá de nuestra experiencia cotidiana.

No es necesario viajar físicamente a un lugar para empezar a descubrirlo.

A veces basta con abrir un libro, encontrar una palabra desconocida y preguntar:

“¿Y eso qué es?”.

Tal vez por eso merece la pena seguir poniendo buenos libros al alcance de los niños, leerlos juntos y dejar espacio para las conversaciones que nacen de sus páginas.

Porque nunca sabemos qué palabra se llevarán de una historia.

Ni cuándo decidirán utilizarla.

Aunque, obviamente, no siempre será a nuestro favor.

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Referencias científicas

1.           Montag, J. L., Jones, M. N., & Smith, L. B. (2015). The Words Children Hear: Picture Books and the Statistics for Language Learning. Psychological Science, 26(9), 1489–1496. https://doi.org/10.1177/0956797615594361

2.           Flack, Z. M., Field, A. P., & Horst, J. S. (2018). The effects of shared storybook reading on word learning: A meta-analysis. Developmental Psychology, 54(7), 1334–1346. https://doi.org/10.1037/dev0000512

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