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¿Otra vez el mismo cuento? Por qué los niños necesitan repetir sus historias favoritas

—¿Leemos este?

Es el mismo cuento de ayer. Y de anteayer. El niño conoce la portada, recuerda dónde se esconde el personaje y sabe exactamente qué frase viene después. Sin embargo, vuelve a elegirlo.

Para un adulto, repetir una historia que ya conoce puede parecer innecesario. Tendemos a pensar que leer significa descubrir algo nuevo y que, una vez terminado un cuento, lo lógico es pasar al siguiente.

Para un niño, no funciona exactamente así.

Cuando pide una y otra vez la misma historia, no está dejando de aprender. En muchos casos, está haciendo precisamente lo contrario: está profundizando en ella.

La primera lectura no basta para descubrirlo todo

Un álbum ilustrado contiene muchas capas de información al mismo tiempo: palabras, imágenes, personajes, emociones, acciones, relaciones y una secuencia narrativa que el niño debe reconstruir.

Una investigación con niños de entre cuatro años y medio y cinco años y medio mostró que, durante la lectura compartida de un solo libro, podían aprender simultáneamente palabras nuevas, detalles de la historia y su enseñanza principal. Es decir, escuchar un cuento no es una actividad sencilla ni pasiva: el niño procesa distintos tipos de información a la vez.

En la primera lectura, buena parte de su atención puede estar dedicada a entender lo esencial: ¿Quiénes son los personajes? ¿Qué está ocurriendo? ¿Dónde transcurre la historia? ¿Cómo terminará?

Cuando ya conoce esa estructura, puede fijarse en otras cosas: una palabra que antes pasó inadvertida, una expresión del personaje, un detalle de la ilustración o la relación entre dos acontecimientos.

El cuento es el mismo. La lectura no lo es.

Repetir ayuda a aprender palabras nuevas

Este es uno de los efectos mejor documentados de la relectura.

En diferentes experimentos, los niños pequeños aprendieron y recordaron mejor palabras desconocidas cuando escucharon repetidamente la misma historia que cuando las mismas palabras aparecieron en cuentos diferentes.

Lo importante es que no se trataba únicamente de escuchar una palabra más veces. Incluso manteniendo constante el número de exposiciones, conservar el mismo contexto narrativo favorecía el aprendizaje.

Una posible explicación es que la familiaridad con la historia reduce parte de la exigencia cognitiva. El niño ya no necesita dedicar tantos recursos a averiguar qué está pasando y puede concentrarse mejor en aquello que todavía no conoce.

En uno de estos estudios, realizado con niños de tres años, quienes escucharon la misma historia repetidamente mostraron un aprendizaje de palabras más sólido y persistente. Sus conocimientos se evaluaron inmediatamente después de la lectura, a las pocas horas, al día siguiente y una semana después. El estudio reveló también que los niños que durmieron la siesta después de la lectura consolidaron mejor lo aprendido que quienes permanecieron despiertos —un hallazgo que subraya el papel del descanso en la consolidación del vocabulario.

Por tanto, cuando un niño completa una frase del cuento o emplea después una palabra que ha escuchado muchas veces, no está repitiendo mecánicamente. Está incorporando el lenguaje.

Conocer la historia permite anticipar

Hay un momento especialmente bonito en la lectura repetida: aquel en el que el niño deja de ser solo oyente y comienza a participar.

Sabe qué palabra viene después. Avisa de que el personaje va a equivocarse. Se ríe antes de llegar a su escena favorita. Señala algo que todavía no hemos mencionado.

La familiaridad le permite formular predicciones y comprobarlas. Los estudios sobre aprendizaje mediante cuentos muestran que las rimas y la posición de las palabras en el texto, al generar expectativas sobre lo que viene a continuación, favorecen el aprendizaje léxico. Las pausas estratégicas durante la lectura compartida también han mostrado beneficios: dar tiempo al niño para predecir la siguiente palabra mejora su aprendizaje de vocabulario nuevo.

Además, las conversaciones que invitan a recordar, predecir o hacer inferencias durante la lectura se han relacionado con avances en el vocabulario infantil.

Por eso no es necesario leer siempre el cuento exactamente igual. Cuando la historia ya resulta familiar, podemos dejar una frase sin terminar, preguntar qué sucederá a continuación o pedir al niño que encuentre un detalle en la ilustración.

La repetición convierte progresivamente al pequeño lector en cómplice de la narración.

Comprender mejor también permite disfrutar más

A los adultos también nos sucede. Volvemos a ver una película, escuchamos muchas veces una canción o releemos una novela que nos gustó. Conocer el desenlace no elimina necesariamente el placer.

En los niños, la familiaridad puede liberar atención para disfrutar de otros elementos. Ya no existe únicamente la incertidumbre sobre qué ocurrirá: aparece también el placer de reconocerlo.

La investigación disponible indica que la repetición de una historia no produce una pérdida de interés que anule su ventaja para el aprendizaje.

Esto ayuda a cuestionar una preocupación frecuente de los adultos: la idea de que repetir un cuento puede aburrir al niño o limitar su curiosidad.

Si sigue eligiéndolo libremente, su insistencia nos está dando una información bastante clara: todavía encuentra algo valioso en esa lectura.

¿Debemos leer siempre el mismo libro?

No necesariamente.

La variedad también importa: permite conocer vocabulario, ilustraciones, personajes y formas de contar diferentes. Pero variedad y repetición no son opuestas.

Una biblioteca infantil puede contener muchos libros y, al mismo tiempo, dejar espacio para que ciertos cuentos se conviertan en favoritos. El adulto puede ofrecer nuevas posibilidades sin retirar aquella historia a la que el niño quiere regresar.

La clave está en no confundir nuestro cansancio con el suyo.

Nosotros hemos escuchado el cuento muchas veces. Él, en cambio, puede estar aprendiendo una palabra, comprendiendo una emoción o descubriendo por primera vez un pequeño detalle escondido en una imagen.

También en los pequeños momentos cotidianos

Esta forma de leer no necesita quedar reservada al cuento de antes de dormir o a una actividad escolar.

Un libro conocido puede acompañar un viaje, una comida que tarda en llegar o unos minutos en una sala de espera. Precisamente porque la historia ya es familiar, el niño puede entrar en ella con facilidad, abrirla por su página favorita, contarla a su manera o compartirla con un adulto.

En esos momentos, releer no es «hacer tiempo». Es reencontrarse con una historia y, desde un lugar conocido, seguir aprendiendo.

En Mientras espero, leo queremos que los libros formen parte de esos espacios cotidianos. Que el niño pueda abrir una maleta, escoger una historia y decidir si hoy quiere descubrir una nueva o regresar a esa que ya reconoce.

Porque un cuento no se termina necesariamente cuando llegamos a la última página. A veces, es entonces cuando empieza de verdad.


Referencias

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